jueves, 15 de noviembre de 2012

Opinión... ¿Podemos prescindir de la usura?

Redefiniendo
"Usura: Conducta ruin a través de la cual cualquier unidad monetaria en manos de su propietario o creador, deja de tener un valor nominal para tener un precio, siempre mayor y directamente proporcional a la necesidad vital de quien lo requiere o no puede crearlo".
Intentaré desarrollar un hilo argumental partiendo de ciertos mínimos que sean un común denominador a todos. Para ello utilizaré un vocablo; 'posibilidad' y sus derivados familiares. Advierto que como tal 'posibilidad', me veo obligado desde la mínima razón, a admitir que es posible deshacernos de esta lacra tóxica que es la usura.
Sin embargo, y desde aquí arranco, pienso que aunque posible es extremadamente poco probable. En mi ánimo está equivocarme. No pretendo exponer argumentos en ningún sentido acerca de dicha posibilidad, pues no tengo conocimiento alguno en materia de astrología, y aún menos de economía financiera; afortunadamente hay gente que me quiere. Sé que son oficios diferentes; el astrólogo engaña en su diagnóstico a cambio de lucrarse ilícitamente de un desgraciado, atiborrándole con una batería de frases que intuye a priori que su cliente desea oír, por la cuenta que le trae, teniendo en cuenta la angustia vital que para entonces ya le ha rebajado a sentarse delante de una bola de cristal. Para ello el astrólogo recurre a una especie de orgía de posibilidades, dónde casi todo es posible si se cumplen un sin fin de otras posibilidades. En alguna acertará. Por otra parte, el especialista en finanzas, esa especie de crupier de casino del 'big money' tiene como funciones... vaya, que coincidencia. En fin.
Aclarado esto, ensillaré con ánimo de montar, a un conocido caballo de batalla de nuestros tiempos, luego intentaré deconstruir en sus falaces estructuras al falso equino. Antes de ensillarlo, reniego de toda fe ciega, ilusoria, pueril y tal vez políticamente correcta, (confieso que esto último me chirría), de concebir la idea de deshacernos de la usura por medios no violentos y desde afuera. Dada su extrema sensibilidad y directa implicación, me comprometo a hurgar en la violencia más adelante.
Tampoco dedicaré letra muerta, a ningún análisis acerca de lo que se está manifestando con evidencias; esa metamorfosis en la que, lo que hay, mantiene sus estructuras intactas a cambio de maquillarse. Dicho todo esto, queda claro que no voy a analizar la obviedad de un sistema dominante, por considerarla harto conocida. Así, me centraré en el sujeto como eslabón social y por tanto como motor que ejecuta y mantiene conductas individuales y colectivas, orgánicas a ese porqué de la persistencia de este sistema mundo, que en este caso concreto nos doblega con su usura.
Vamos allá. Mi caballo perdedor se llama: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. No apuesten por él. La frase tiene la obsesiva costumbre de galopar hacia el abismo en el que la responsabilidad última recae a hombros del ciudadano de a pie."Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades" Todos somos responsables y por tanto debemos soportar esta crisis con hidalguía religiosa, en silencio, sin protestar, el sacrificio humano se inmola en el altar de la trascendencia de algún espíritu inmortal, con esperanza ciega en un futuro mejor, eso sí, que sea prometedor. No hay alternativas. Este caballo de batalla de nuestra clase política dirigente y sus titiriteros, se me antoja un unicornio en un incendio forestal; me huelo a cuerno quemado.
Bien, admitamos que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, la culpa es nuestra y por tanto nuestra es la responsabilidad. Admitirlo implica que sólo el sistema financiero, su élite, los ricos y poderosos, los que mandan y legislan leyes que nos perjudican, pueden decir aquello de que sufren las consecuencias de nuestra torpeza, y por tanto están disculpados. Son aquellas 'ovejas enfermizas de Nietzsche', las que rezan que no son felices y por tanto alguien tiene la culpa, ¿quién?, pues el ciudadano que vive por encima de sus posibilidades. Increíble, pero así lo parece, hasta el momento son los damnificados de la crisis. Ellos, en consciencia son felices. ¿Pero que pasa con nuestra felicidad? ¿Acaso no hemos construido una sociedad en la que ser infelices es sinónimo de fracaso? "¿Somos las ovejas enfermizas de Nietzsche; pues no somos felices y por tanto alguien tiene la culpa?" ¿Quién nos ha impuesto este formato de sociedad feliz? ¿No somos acaso parte de ese rebaño de ovejas que sufre por no poder aceptar el sufrimiento de su infelicidad?
Está claro que como individuos, somos parte de aquello en lo que nos sentimos reflejados tanto para bien como para mal. La mirada del otro es el espejo en el que nos reflejamos. Para mi vecina del 4º soy encantador mientras que para mi compañero de trabajo soy despreciable pues a él le gusta mi vecina del 4º, y ella no repara en él. Yo en ninguno de los dos. Suma y sigue, si tengo dinero puedo ser quien quiero ser, parecerme a ese otro a quien quiero igualar, pues sé que él es feliz y yo no quiero ser menos, ser más que él incluso, y no escatimaré esfuerzos en ser cada vez más feliz, consumiré cosas que los demás no puedan permitirse, y me admirarán por ello, seré diferente, y si por ello me odian, tal vez incluso eso me haga feliz y psicópata a partes iguales.
Si he conseguido el último teléfono móvil del mercado, me sentiré especial, pero si por ello pierdo la admiración de la vecina del 4º, será que me he equivocado en el modelo de la manzana, me sentiré culpable y la posterior angustia desencadenará un displacer insoportable, que sólo podrá ser consolado adquiriendo otro móvil, el de la naranja. Es decir, hemos creado una sociedad del placer, en la que estamos condenados a gozar siendo capaces de procurarnos placer. Pero el fetiche de la felicidad efímera y al alcance de la mano, no da tregua, aparecerá la versión plus de nuestro recientemente anticuado móvil, la oferta caduca en cinco días, y sentiremos displacer, y vuelta a empezar, más de lo mismo, consumir más y más rápido. ¿Alguna vez os habéis preguntado por qué los seriales de televisión tienen ese socorrido y rentable formato en que Él y Ella, coexisten demasiado cerca para el inevitable roce, pero sus profesiones, sus problemas, sus angustias personales apenas le dejan tiempo para intentarlo? Es el mito de la continua seducción, se trata del placer de recorrer ese camino y no llegar nunca pues, la ilusión se desvanece, y ya conquistado ese objeto de culto, necesitaremos otro nuevo, un nuevo deseo.
Las religiones han alimentado a ese 'sujeto diferente', ese 'ser especial', 'distinto', ese 'nunca morir', la 'inmortalidad del espíritu', esa falsa trascendencia hacia eternidades de las que ningún muerto ha dado fe, por cierto. No es lo mismo ni merece trato comparable un hombre de férreas convicciones morales y valores religiosos que un simple ateo por ejemplo, de dudoso proceder moral y escaso en valores. Ahí están las instituciones religiosas enquistadas en las órbitas más cercanas al poder y la riqueza. Recientemente, su silencio cómplice ante la crisis es ensordecedor. Pero también la ciencia, el progreso y la tecnología nos han deshumanizado. Nos han servido a unos más que a otros, cual seres especiales, diferentes, no han sabido mantener unos mínimos de igualdad. Quién no recuerda aquellas frases publicitarias que proclaman: “Yo no soy tonto, compro en tal sitio...” o aquella modelo de cabellos imposibles que decía “Porque yo lo valgo...” o “Queremos ser tu banco...” ¿Mi banco...? o más recientemente esas frases que anuncian cursos para desempleados, proclamando casi un... “deja de perder el tiempo, vago, capacítate, prepárate más, ¿quieres ser competitivo...?”.
Bueno, de acuerdo, hasta aquí casi cualquier lector podrá decirme que somos adultos y suficientemente sensatos y maduros como para discernir en dónde nos metemos. Pues bien, tiene usted razón estimado lector, de momento no he dicho nada que no sea afirmar que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Pero, ¿y la infancia? ¿Acaso nosotros, los equilibrados consumistas compulsivos adultos no fuimos alguna vez niños? ¿Podemos quitarnos acaso la educación mamada en nuestra infancia? ¿Podemos acaso dejar de ser lo que nos educaron, sin más, porque descubrimos de pronto nuestras monstruosidades? Lo dudo. Mi madre me elegía los pantalones, fuertes y durables, y los zapatos, y el abrigo para el duro invierno, pero los inventores de la mercadotecnia hicieron un gran descubrimiento. Un adolescente cantando en un escenario vendía más moda para satisfacer los deseos adolescentes que todas las madres juntas. El resto era cuestión de hacer caja. Esa es la realidad, y ahora el lector convendrá conmigo que un niño, no es muy maduro para ponerse sus propios límites en cuanto al consumo."¿Podemos acaso dejar de ser lo que nos educaron, sin más, porque descubrimos de pronto nuestras monstruosidades? Lo dudo." Además ese niño, educado al uso actual en el que el placer está en hacer lo que le gusta y también en evitar lo que le disgusta, (voluntad cero), quedará afectado por el síndrome de Peter Pan, y alcanzará la madurez biológica, y seguirá inmerso en un infantilismo consumista desmedido. Y si por casualidad no consigues ser tan feliz como esos pocos que todo lo consiguen sin tener que pedir créditos, tal vez necesites darte un garbeo por esas innumerables agencias de turismo que te brindan catálogos y catálogos de viajes hacia la felicidad, también conocidos como manuales de autoayuda. Venga chaval, si no eres feliz es porque eres tonto, tú puedes, te lo mereces. Me estoy acercando...
Sigamos con la infancia. ¿Qué padre no haría lo imposible por dar a su hijo toda felicidad deseada, por efímera que fuese? Después de todo pasamos poco tiempo con ellos y en ese escaso margen tenemos que procurar que nos quieran... ¿Somos padres o nos hemos convertido en proveedores? ¿Son nuestros niños o nuestros clientes? ¿Qué pasa si no lo hacemos? Sí, es posible que consigamos un hijo parecido a un punto aislado en un sistema mundo que sólo le acoge con las 'garras abiertas', pero ¿cuántos padres conocemos que eduquen en un consumo razonable a sus hijos? Y aún siendo así, ¿estamos garantizando su felicidad? Amar requiere de mucho tiempo, tiempo vital que no disponemos, pues hay que pagar las facturas. Tal vez si, o tal vez no. No soy astrólogo ni vidente, pero observo y sé que un niño, esta vez pobre, aquel cuyas expectativas de éxito en la vida, nada más nacer son nulas, es un niño excluido del sistema, es nada, invisible, otro 'nadie' de Galeano. Ya sé lo que estáis pensando... - Yo no tengo la culpa de que ese niño esté condenado... - Yo ya hago lo mío educando y sacando adelante a mis propios niños... - La pobreza ha estado ahí desde siempre... Pues si, desde siempre el ser humano ha sido mayoritariamente pobre o exclusivamente rico. ¿No os parece extraño? ¿Por qué cuanto más somos en este planeta, más pobres y excluidos nacen?
Ahora, me apeo del maldito unicornio de: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Y con ánimo de cepillarlo a contrapelo, lo deconstruyo con una sola pregunta. ¿Hemos vivimos por encima de nuestras necesidades? Y empujo; ¿Quién necesita más que otro ser humano? ¿Qué clase de espécimen humano precisa de más recursos que otro? ¿Tal vez aquel pobre infeliz a quien le resulta insoportable no poder consumir tan rápido las modas, como para que la próxima temporada no le convierta en carroza? ¿Habéis ido a esos nuevos sitios de orgía culinaria, donde por unos 15 € comes como un emperador romano? Sí, esos restaurantes chinos; os recomiendo observar los cubos de deshechos en los que la gente deposita las sobras de lo que minutos antes se sirvió en su plato. "¿Será que  vivimos muy por encima de nuestras necesidades?" Obscenidad en estado puro, que a mi personalmente me resulta violento. Si tenéis oportunidad, visionar la película 'El sirviente', de Joseph Losey, una crítica social basada en la teoría de Karl Marx, acerca de que llegaría el día en que la clase trabajadora dominaría a la clase alta, presa ésta última de sus excesos. Eso es lo creo; vivimos muy por encima de nuestras 'necesidades'. Es más, ninguna fuerza social de derecha o izquierda, con probabilidad real de gobernar, claro está, habla de parar el consumismo letal en el que estamos entrampados. Sí, entrampados hasta las cejas. Y he aquí el porqué de toda esta crisis y ese estúpido culto al más y más, más crédito, que fluya, para que el sujeto consuma otra vez, y así las fábricas empezarán a contratar a más gente, y todo volverá a ser tan ilusorio como antes.
A todo esto, claro está, ni hablar del planeta... aguafiestas. Pero, ¿qué ha pasado con los culpables? ¿Hay responsables? ¿Quiénes son? Bien, no seamos las ovejas de Nietzsche. Tenemos responsabilidad en todo esto, desde luego, pero en esta escala jerárquica, los máximos responsables son aquellos que sustentaron este esquema presupuestario, los máximos responsables tienen secretarios dóciles en la clase política que nos gobierna. ¿Por qué? Porque ellos sabían que detener esa carnicería cruel e inhumana de consumismo antropófago, era equivalente a su propia extinción. Son ellos los artífices del crecimiento perpetuo, nosotros somos simples eslabones de una cadena de tracción. Tomemos otra vez los vocablos posibilidad y necesidad; fueron ellos quienes posibilitaron la ausencia total de límites a nuestras nunca satisfechas existencias. Era vital, el dinero se crea desde el crédito, dinero fiduciario, desde la posibilidad de disponer de crédito. Para ello nuestra insatisfacción debía ser constante, nuestra felicidad insoportable por efímera y así el crecimiento perpetuo estaría garantizado.
Pero, la pregunta era: ¿Podemos deshacernos de la usura? Ya dije que lo creo poco probable. También dije que no creía probable ese cambio desde una actitud de no violencia. A las pruebas más recientes y dolorosas me remito. Llevamos cientos de miles de desahucios en España, sin importar a quien se afectaba, ni qué niños y de qué padres eran los desahuciados. Asistimos cada día al último golpe de porra policial, al último atropello contra un manifestante, al último escaparate destrozado por una piedra o a esa papelera ardiendo. Eso es el regaliz de la violencia.
Después de toda esta tragedia humana, producto directo de la usura, sólo la violencia real ha sido capaz de dar un golpe de timón a este miserable sistema. La peor de las violencias, la que se ejerce contra uno mismo, sin contemplaciones, desde la más absoluta falta de egoísmo, sin matar al otro, excluyéndose a sí mismo del sistema, de la existencia, quitándose la propia vida. Es vergonzoso, cruel e inhumano que nuestra clase dirigente haya dado mínimas muestras estéticas de sensiblería oportunista ante este escenario de violencia. ¿Acaso la muerte por suicidio de un solo ser humano no es harto suficiente? Para que la probabilidad de deshacernos de la usura, que representa el altísimo precio de poder vivir, sea una posibilidad real, debemos empezar desde adentro.
Esta lata de gusanos sólo se puede abrir desde su interior. El ser humano tiene un valor único en esencia, y es el mismo para todos. Desde el momento en que nuestra humanidad se subasta al mejor postor, para cubrir las mínimas necesidades humanas, el sujeto queda cosificado, dejamos de tener un valor y solo nos quedará un precio; precio que para alguien deberá ser rentable, si de ello pretendemos vivir. ¿Cuánto tiempo necesitamos los seres humanos para abrir esta lata de gusanos desde adentro..? Personalmente, no creo que pueda llegar a verlo.

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