martes, 12 de marzo de 2013



¿HASTA DÓNDE LLEGA LA ENVIDIA?

Hasta dónde llega ese sentimiento insano y denostado que surge cuando perdemos la batalla con el otro en términos comparativos. Con qué otro nos comparamos. Es la duquesa de Alba el blanco de nuestras envidias o más bien el compañero de trabajo, el vecino, el amigo del barrio quien tiene lo que nosotros no tenemos y ambicionamos. Extendiendo un poco esta idea, quién consiguió lo que tiene con medios más honrados, la terrateniente latifundista o el ciudadano medio más semejante a nosotros mismos. Y entonces, por qué no envidiamos proporcionalmente más al que encarna mayor injusticia social en su estatus. Me asusta pensar esto, porque mientras que veo justificado que las iras, odios e inquinas se dirijan contra el que se enriquece y hace ostentación de su abundancia a nuestra costa, sin embargo veo cierta anuencia y abulia hacia estos casos vergonzosos y en cambio todo un río de acciones malévolas, la mayor parte de las veces inopinadas y no aceptadas, hacia personas que, la verdad, no suelen merecerlo.
¿Conocemos, o incluso mejor, nos interesa conocer el mecanismo de la envidia? Yo creo que no demasiado. El reconocimiento de su presencia en nuestras cabezas implica dolor, un ataque feroz a nuestro narcisismo, el bochorno de la culpa, el tormento de la frustración, no suele haber salida si no hay autoestima. Pero adentrándonos un poco más en el mecanismo envidioso en el grupo humano, me ha sorprendido (no sé si grata o ingratamente) encontrar afirmaciones como estas, correspondientes a un texto de José Luis Cano Gil[i]:
“[…] la envidia del poder sexual, emocional y procreador de las mujeres alimenta el machismo. La envidia de la fuerza y libertad del varón refuerza el feminismo. La envidia de los pobres y resentidos estimula sus violentas revoluciones e igualitarismos. La envidia de los poderosos fomenta sus luchas intestinas. La envidia de los narcisistas y codiciosos nutre los concursos de millonarios de televisión y sus audiencias. La mutua envidia de las mujeres robustece el colosal negocio de la belleza y la moda, así como la de los hombres excita su frenética competitividad. La envidia sexual es el combustible del morbo y la prensa rosa. Las envidias económicas desenfrenan el motor consumista…” 

¿Cabe todo en la envidia como en un cajón de sastre? Parece que la envidia fuese un inquilino pesado en el corazón humano, que casi motivara todo lo que hace en el plano público tanto como en el privado, si es que estamos de acuerdo con este párrafo que he recogido. Si hacemos un recorrido histórico el panorama no es más alentador[ii]. El antisemitismo que derivó en expulsiones y holocaustos, el odio contra el Islam que dio origen a las Cruzadas,  el envidiable oro y plata que España arrancaba a América, la revolución liberal burguesa que pretendía acercar al comerciante a la aristocracia… La terrorífica violencia de la revolución francesa sembrada por revolucionarios radicales en nombre de la igualdad, los sanguinarios y autoritarios bolcheviques, que también en nombre de la igualdad tomaron y mantuvieron el poder, la propaganda comunista y su intento de focalizar el objeto de la envidia y hacerlo odioso, etc. ¿Todos ellos planes igualitaristas motivados por la envidia?  
Me pregunto si será posible que cada vez que ha habido un acontecimiento revolucionario violento de tan inmensas consecuencias se haya debido a la envidia, que ese haya sido el único motor. En ese caso habría que admitir que se ha manipulado a las masas para que pusieran su carne en el asador mientras las élites recién erigidas se encumbraban. El poder cambiando de manos, fin del relato. Se deduce entonces que la armonía social es el panorama deseable de una sociedad sin envidia, si acaso pudiera eliminarse de nuestras vidas. Pero habría que plantearse no sólo si es posible eliminar la envida, sino también si es recomendable. Imaginaos una sociedad en la que nadie desea hacer ningún cambio en su vida, en la que todos están conformes con lo que son y tienen. Carecería una sociedad así de estímulo para el cambio y la movilidad social, de la fuente enriquecedora y emprendedora de la competitividad. ¿Qué pensáis? Pero además, cómo enfocar las razones que motivan a reivindicaciones como los impuestos progresivos, los cupos para discapacitados, la discriminación positiva, la paridad. Son fruto de inconfesables accesos de envidia por igualar los privilegios de los que algunos hemos sido desprovistos o son reivindicaciones justas.  Si estas medidas niveladoras llegan a implantarse, como es el caso en muchas sociedades “avanzadas” como la nuestra, y hacemos un balance a posteriori, me cabe la duda de si la envidia social se habría visto reducida o más bien acrecentada a su merced.   
A mí lo que más me preocupa en todo este debate es saber qué pasa con el carácter fundamentador de la justicia social, para qué voy a engañarme. Un empuje irracional me lleva a pensar que  la meritocracia es aborrecible, porque parte del hecho de que las capacidades y talentos naturales de los individuos pueden bastar para justificar que una sociedad contemple como unos medran mientras otros caen en la miseria, porque además parte de varios supuestos cínicamente falsos:   que el talento y las capacidades llevan al mérito social y que en esa carrera maratoniana todos partimos de la misma posición de salida y atravesamos idénticos obstáculos. No me voy a molestar en refutarlo. Pero hay una cuestión que no puedo soslayar. En lo que a la neutralización de la envidia se refiere, no sé qué resulta más beneficioso, si dejar al sistema que se autor regule (Hayek y Nozick) con lo que eso conlleva, o intervenir en él con medidas como las antes descritas y enfrentarse al problema utilitarista de los intereses de la minoría desprotegidos ante la primacía de los intereses de la mayoría así como la legitimación de las decisiones tomadas. Entonces viene John Rawls a sacarnos del atolladero y nos alienta con la posibilidad de una unanimidad teatralmente pactada. Me explico.  Tapemos nuestros ojos (velo de ignorancia) a nuestras diferencias y posicionamientos sociales concretos y tratemos de establecer unos principios reguladores con los que estaríamos de acuerdo fuera cual fuese nuestra posición de partida. Así nos aseguramos que habremos de pactar los principios más justos. Tras este momento de pacto social artificial, estos individuos  vivirían en una sociedad justa inmunizada contra la envidia. Colorín colorado. Pero una vez establecidos los principios de la justicia del modo descrito, el estado ha de empezar a legislar e instaurar medidas compensatorias que minimicen las diferencias sociales que enseguida saltarán a escena. ¿Cómo garantizamos la legitimidad de esas medidas? La satisfacción social ante ellas no es un buen baremo pues nunca llueve a gusto de todos.  Puede incluso que nadie esté satisfecho con ellas, que los más desfavorecidos las encuentren insuficientes, que los privilegiados las consideren abusivas. Puede que los más desfavorecidos no deseen abandonar el estado de la posición original, y que no estén dispuestos a componer el núcleo de los más desaventajados aun a pesar de la existencia de medidas compensatorias[iii]. De cualquier manera  la envidia proseguiría su camino. Bien, que campe entonces a sus anchas y veamos qué sucede. Según Hayek y Nozick esto es lo que debería pasar, que en ausencia de poder coercitivo e intervencionista del estado en función de un ideal como el de “bien común” o “justicia distributiva” se impondría un orden espontáneo que garantizaría al menos la libertad de los individuos, ya que no la igualdad de los mismos[iv]. Seguirían siendo envidiosos (y con motivos) pero libres para gestionar la envidia como desearan, mientras no quebranten la ley, claro está.  

Estas dos posturas encontradas parecen entender de modo opuesto si la envidia es o no un asunto de estado. Parece que a todos nos preocupa ser libres negativamente, que nadie nos impida hacer lo que lícitamente puede hacerse en un estado de derecho. Y todos de acuerdo en aceptar que el estado garantiza la libertad individual aun a costa de la violencia legitimada y del estado policial, y conformes con ello. Pero la envidia y sus consecuencias, ¿entra en el terreno de la moral privada o es cuestión ético-política? Desde posturas libertarianas o neoliberales se supone que el sujeto es envidioso sin remedio y por tanto que se las componga como pueda en su vida privada, pero en lo público que emplee todos sus recursos disponibles dentro de los márgenes legales vigentes para obtener más bienes materiales y, digámoslo así, consolar su carácter envidioso. Desde posturas de defensa de la justicia distributiva se plantea la posibilidad de diseñar un estado justo, conforme al bien común, equitativo, en el que necesariamente la envidia quedaría neutralizada. Los puntos críticos son entonces quién establece esos principios de diseño, cómo se legitiman y cómo se aplican. Problemático esto también, seamos honestos, pues suele rozar el estado paternalista en el mejor de los casos, mesiánico o totalitario en el peor.

Decir que la envidia es un asunto de estado no resuelve nada. Yo diría que la envidia es un asunto de la comunidad y está en la naturaleza de cada uno reconocerla ante el espejo, aunque en las manos del grupo gestionarla constructivamente. Pero desde el supuesto del carácter innato del egoísmo humano no llegaremos muy lejos. A veces se olvida que el ser humano es ambivalente[v], no sólo es una cosa u otra, no es bueno ni malo por naturaleza, sino ambas cosas circunstancialmente, no es egoísta ni altruista por naturaleza, sino ambas cosas coyunturalmente, etc. Por eso, igual que somos capaces de defender nuestros intereses personales como la única cosa relevante en el mundo, también somos capaces de entender los intereses ajenos y (milagro de la razón sintiente humana) también somos capaces de abstraer unos intereses que podrían defenderse como universales. Carecemos de todo procedimentalismo para funcionar como tales, como volubles y ambivalentes, en cambio hay una ingente experiencia histórica acumulada sobre como funcionar como egoístas: procurándonos un estado (muy mínimo) que nos salvaguarde del egoísmo ajeno, o una inteligencia providencial (muy máxima) que piense por nosotros y disponga paternalmente dada nuestra incapacidad. ¿Hemos tocado techo en esto o queda cielo que explorar?

Yendo al grano, como suele ser mi costumbre, espero haber puesto suficiente material para el debate sobre la mesa.



 


[ii] Jorge Márquez Muñoz. Las claves de la gobernabilidad. Una relectura de la historia desde la ciencia política.
[iii] Óscar Lucas González Castán. “Diferencias sociales, justicia y envidia” ISEGORÍA/16 (1997) PP.229-240
[iv] Mauricio Uribe López. “La justicia distributiva en la concepción libertariana de Nozick y Hayek”.
[v] Pensamiento inspirado en Jean Piérre Dupuis. “Adam Smith y la simpatía envidiosa” en El sacrificio y la envidia: el liberalismo frente a la justicia social.

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